Principios de la Escuela Católica
La educación cristiana viene arrastrando su problema desde el muy mal llamado Renacimiento, que fue más bien un renacimiento del espíritu pagano, es decir, el inicio de la apostasía y de la Revolución anticristiana.
Este cáncer que afectó la Cristiandad tuvo su primer tumor maligno con la (mal llamada) Reforma protestante, el segundo con la (bien denominada) Revolución francesa y la etapa terminal con el Concilio Vaticano II (que no fue concilio sino conciliábulo).
Pero los problemas no están en los tumores manifiestos, sino en la metástasis encubierta. Con el Renacimiento se comenzó a difundir en las venas de la Cristiandad el disolvente del laicismo liberal, separando poco a poco a los reyes y a sus reinos de la obediencia al Papa y provocando, como consecuencia, la división de la educación, apareciendo una formación humanista laica, cada vez más separada de la formación cristiana reducida a lo estrictamente religioso.
En lugar de la perfecta subordinación que rigió en los tiempos de Cristiandad entre familia, Estado e Iglesia, la familia cristiana comenzó a ser disputada entre los dos organismos cada vez más separados, el del Estado y el de la Iglesia, aquél pretendiendo buscar por sus propios medios el bien humano temporal, y dejando a Ésta que procure solamente el bien sobrenatural y eterno.
No es éste el lugar para hacer su historia, pero sí podemos señalar brevemente sus resultados. Hace tiempo, desde mucho antes del nefasto Concilio, que las escuelas católicas están trabadas por la necesidad de conjugar esas dos educaciones, generando católicos perplejos, cuando no esquizofrénicos. Tienen que enseñar ciencias agnósticas —cuando no materialistas— que no hablan del Creador, biologías materialistas que no mencionan el alma —y en el mejor de los casos, compensar con algo de filosofía escolástica y teología; dar clases de ética ciudadana y, aparte, de moral cristiana; transmitir una visión de la Historia en la cual la época de la Cristiandad es una Edad media, y luego enseñar una historia de la Iglesia en la que todo se valora de manera contraria.
¿Y qué decir de las escuelas que enseñan la Prehistoria evolucionista y luego sus niños responden las preguntas del catecismo sobre Adán y Eva?
Además, la visión invertida de la historia se traslada a la literatura y al arte, y así con todas las cosas.
¡Ay, la educación cristiana presupone, primero que todo, recuperar la perspectiva verdadera de la realidad, que es RELIGIOSA! «Orar»: no puede haber almas de oración si no comprenden que están hechas para Dios y que nada pueden sin Nuestro Señor.
Si en la Física se mostrara que nada se mueve sin el impulso del Primer Motor; si en la Cosmología se viera que un universo tan contingente como el que se nos presenta requiere del eterno Necesario; si en el estudio de la Tierra se admirara la obra de la providencia que nos preparó una morada; si en la consideración de la naturaleza y de la vida se destacara la maravillosa inteligencia de su divino Artífice; si se diera la enseñanza con un verdadero espíritu científico, que no se detiene hasta llegar a la Primera Causa, mucho favorecería a que Dios ocupe su propio lugar en las mentes juveniles.
Nadie puede entender la historia de la humanidad si no sabe que Jesucristo es su centro. Se debe mostrar que no hay más historia que la de la Iglesia, que empieza en Adán y Eva. Hay que desprenderse del vocabulario nacido de la Revolución: hay Edad Antigua, sí, la del Antiguo Testamento, pero lo Nuevo empieza con Jesucristo, no con la supuesta «modernidad». Hay Cristiandad y no Edad Media, y la Edad Moderna es decadencia y revolución.
Hay que desprenderse del complejo de inferioridad que ha afectado a los intelectuales católicos en los últimos siglos. La sabiduría cristiana, iluminada por la Revelación y confortada por el Magisterio de la Iglesia, es absolutamente superior a lo que la sola razón puede descubrir en la realidad —razón que, para peor, nunca está sola, sino entenebrecida por el antimagisterio de Satanás—. Sólo un espíritu religioso que todo lo mira a la luz de la Fe, que sabe que viene de Dios y va a Dios, y que de Dios depende en todo, podrá descubrir el lugar que ocupa el acto central de nuestra Religión, y dejarse formar por la Eucaristía.
No nos cuesta imaginar, sin embargo, el sentimiento de muchos de los lectores, que quizás han estimado lo que hasta aquí se ha escrito, y frente a lo que decimos ahora de la educación fruncen el ceño y se quedan pensando: «¿Acaso tenemos que educar a nuestros hijos como monjitas y monaguillos?». Piensan así porque están afectados por la mentalidad laicista liberal —no se ofendan, a todos nos ha pasado— que entiende lo religioso como lo formalmente referido a Dios: la oración, la meditación espiritual, y no tienen la experiencia de que se puede reír y cantar con los amigos por amor de Nuestro Señor.
Hubo un tiempo en que la educación fue verdaderamente cristiana y no por eso mojigata, y sobre esos modelos se deben volver a reconstruir nuestras escuelas.
Decía San Pío X:
«No se edificará la ciudad de modo distinto de como Dios la edificó; no se edificará la ciudad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos; no, la civilización no está por inventar ni la "ciudad" nueva por edificarse en las nubes. Ha existido y existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que de establecerla y restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos contra los ataques, siempre renovados, de la utopía malsana, de la rebeldía y de la impiedad: "Omnia instaurare in Christo"».
Fragmento de «La Santa Misa y la vida cristiana», del R. P. Álvaro Calderón.



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