Ama de casa
—Mamá, ¿y vos qué sois? La niña lo preguntó con esa mezcla de inocencia y asombro con que se descubren las primeras realidades grandes de la vida. Había visto otras madres salir apresuradas, con el bolso al hombro, hablando de horarios, de jefes, de oficinas. Pero la suya estaba allí, en casa, con el delantal todavía tibio del fuego de la cocina y las manos marcadas por el trabajo silencioso. —Hijita mía, la mamá es ama de casa… —respondió con una sonrisa serena—, que quiere decir reina de mi hogar. La niña frunció el ceño, como quien intenta comprender un misterio. —¿Y eso qué significa, mamá? La madre dejó lo que estaba haciendo, se inclinó un poco hacia ella y le habló no como quien explica una cosa, sino como quien transmite un legado. —Significa que he sido y soy la guardiana de las costumbres de nuestro hogar. Que sobre mis hombros descansa algo más que limpiar o cocinar: descansa el alma de esta casa. He procurado que aquí dentro se respire orden, paz, respeto, amor de D io...