Ama de casa


 —Mamá, ¿y vos qué sois?

La niña lo preguntó con esa mezcla de inocencia y asombro con que se descubren las primeras realidades grandes de la vida. Había visto otras madres salir apresuradas, con el bolso al hombro, hablando de horarios, de jefes, de oficinas. Pero la suya estaba allí, en casa, con el delantal todavía tibio del fuego de la cocina y las manos marcadas por el trabajo silencioso.

—Hijita mía, la mamá es ama de casa… —respondió con una sonrisa serena—, que quiere decir reina de mi hogar.

La niña frunció el ceño, como quien intenta comprender un misterio.

—¿Y eso qué significa, mamá?

La madre dejó lo que estaba haciendo, se inclinó un poco hacia ella y le habló no como quien explica una cosa, sino como quien transmite un legado.

—Significa que he sido y soy la guardiana de las costumbres de nuestro hogar. Que sobre mis hombros descansa algo más que limpiar o cocinar: descansa el alma de esta casa. He procurado que aquí dentro se respire orden, paz, respeto, amor de Dios… que cada rincón tenga memoria de lo bueno, de lo verdadero, de lo que no pasa.

Hizo una breve pausa, como si midiera el peso de sus palabras.

—Significa también que he dedicado —y dedico— mi tiempo a cuidar y velar por las necesidades de tu padre y de vosotros, mis hijos. No como quien cumple una obligación pesada, sino como quien custodia un tesoro. Porque vosotros sois una fianza que Dios me ha confiado, y un día tendré que darle cuenta de cómo os he criado, de cómo os he enseñado a amarle.

La niña escuchaba ahora con los ojos muy abiertos.

—En esto —continuó la madre— he puesto toda mi autorrealización y mi felicidad. No he necesitado salir fuera a mendigar la aprobación del mundo ni a buscar en otros trabajos lo que ya tenía aquí: una misión completa, profunda, que llena la vida entera.

—Entonces… ¿tú no tienes un jefe que te pague por ser ama de casa?

La madre sonrió con dulzura, pero también con firmeza.

—Sí, hijita mía, tengo un jefe… pero no como los del mundo. Es aquel con quien un día me uní libremente, por amor, en un contrato que no se rompe: el matrimonio. Me entregué a él sin reservas, confiando plenamente.

—¿Papá? —preguntó la niña.

—Sí —asintió—. Tu papá es la cabeza de nuestro hogar, y yo su ayuda fiel. Pero no pienses en un jefe que manda sin amar. Él ha cumplido su parte: me ha amado como a una reina, se ha sacrificado para que no falte nada en casa, ha trabajado fuera para que yo pudiera trabajar dentro. Y así, cada uno en su lugar, hemos levantado juntos esta familia.

Sus ojos se humedecieron levemente, no de tristeza, sino de gratitud.

—Y gracias a eso, yo he podido daros a ti y a tus hermanos lo más importante: presencia, cuidado, educación cristiana, ejemplo… el camino hacia el Cielo.

La niña se quedó en silencio unos segundos. Luego, con esa espontaneidad luminosa de la infancia, exclamó:

—¡Caramba, mamá! ¡Qué jefe más bueno te ha tocado!

La madre rió suavemente.

—Dime, hijita mía…

—Yo de mayor… —dijo la niña, irguiéndose un poco, como quien toma una decisión importante— también quiero ser ama de casa. Reina de un hogar.

La madre la miró largamente. No con orgullo mundano, sino con una mezcla de ternura y gravedad, como quien contempla una semilla que, si Dios quiere, un día dará fruto.

—Entonces, hija —le dijo al fin—, pide a Dios que te conceda un corazón grande. Porque ser reina no es mandar… es servir sin medida. Y no hay corona más alta que la que se gana amando en silencio, cada día, dentro de un hogar.

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