En el debate público español se ha instalado una afirmación repetida casi como un dogma: el feminismo representa a las mujeres. Sin embargo, cuando se analiza con detenimiento la llamada última ola feminista en España, lo que aparece no es una representación universal de la mujer, sino un conglomerado de ideologías muy concretas, procedentes de determinadas escuelas filosóficas modernas —abiertamente anticristianas— que han sido importadas al debate político español en las últimas décadas.
Conviene recordar, antes de nada, que durante siglos la mujer española desarrolló su vida intelectual, espiritual y social sin necesidad de ningún movimiento feminista organizado. La historia de España está llena de mujeres que enseñaron, gobernaron, escribieron o reformaron instituciones sin convertir su condición femenina en una bandera ideológica. Basta recordar a Teresa de Ávila, a Isabel I de Castilla, a Concepción Arenal o a Emilia Pardo Bazán. Ninguna de ellas necesitó declararse representante universal de las mujeres para ejercer su autoridad intelectual o moral.
La situación cambia radicalmente cuando aparece el feminismo ideológico contemporáneo, cuya base no se encuentra en la tradición cultural española ni en la antropología cristiana, sino en corrientes filosóficas nacidas en el siglo XIX y XX dentro de la modernidad revolucionaria.
El primer gran punto de inflexión se encuentra en el existencialismo francés. En 1949, Simone de Beauvoir publicó su obra The Second Sex, donde formuló una de las frases más citadas por el feminismo moderno: «No se nace mujer: se llega a serlo». Con esta afirmación se introducía una ruptura radical con la antropología clásica y cristiana: la diferencia entre hombre y mujer dejaba de entenderse como una realidad natural para convertirse en una construcción cultural.
Esta tesis se desarrolló posteriormente dentro de la sociología radical norteamericana. En 1970, Kate Millett publicó Sexual Politics, obra que interpreta las relaciones entre hombres y mujeres en términos de estructura de poder político. La familia, la moral sexual y la tradición cultural occidental pasan a ser descritas como instrumentos de dominación masculina.
A partir de ahí surge la noción central del feminismo contemporáneo: el patriarcado entendido como sistema estructural de opresión. Esta visión se consolidó en el pensamiento feminista radical de finales del siglo XX y principios del XXI.
El siguiente paso se produce en el ámbito universitario estadounidense con la llamada teoría de género. Autoras como Judith Butler, especialmente en su obra Gender Trouble, desarrollaron la idea de que el sexo mismo podría interpretarse como una construcción cultural performativa. En este marco, la identidad sexual deja de estar vinculada a la naturaleza humana y pasa a ser una identidad fluida definida por el individuo.
Paralelamente, dentro del pensamiento jurídico norteamericano surge la teoría de la interseccionalidad, formulada por Kimberlé Crenshaw a finales de los años ochenta. Según esta perspectiva, la sociedad se compone de múltiples estructuras de opresión superpuestas —sexo, raza, clase social, orientación sexual— que deben analizarse conjuntamente.
Estas corrientes intelectuales —existencialismo, marxismo cultural, teoría crítica y posmodernismo— fueron penetrando progresivamente en las universidades europeas y, posteriormente, en la política. En España su traducción institucional se produjo sobre todo a partir de los años 2000 mediante políticas públicas impulsadas por sectores de la izquierda política, particularmente en el entorno de Spanish Socialist Workers' Party y, posteriormente, en ámbitos cercanos a Podemos.
El resultado ha sido la creación de un discurso oficial feminista que se presenta como portavoz universal de las mujeres, cuando en realidad responde a una construcción ideológica muy concreta y bastante reciente.
Desde una perspectiva católica tradicional, el problema de fondo es mucho más profundo que una simple discusión política. El feminismo ideológico moderno se basa en una antropología radicalmente distinta de la cristiana. Mientras la tradición católica ha entendido siempre al hombre y a la mujer como realidades complementarias dentro del orden de la creación, el feminismo contemporáneo tiende a reinterpretar esa relación como un conflicto estructural permanente.
Ya en el siglo XIX, el Magisterio de la Iglesia había advertido contra las ideologías que pretendían reconstruir la sociedad sobre bases artificiales. El Popa León XIII, en su encíclica Libertas, denunciaba el error de aquellas doctrinas modernas que pretendían redefinir la naturaleza humana según esquemas ideológicos. Pero la libertad no consiste en negar la naturaleza, sino en vivir conforme a ella.
El feminismo contemporáneo, en cambio, parte de una premisa opuesta: considera que la naturaleza misma debe ser reinterpretada, reconstruida o incluso superada por la voluntad humana.
De ahí procede una de las paradojas más llamativas del discurso feminista actual: mientras afirma defender la diversidad de las mujeres, termina imponiendo un marco ideológico único desde el que se define lo que una mujer debe pensar, decir o reivindicar. Aquella que no comparte ese discurso queda rápidamente etiquetada como «reaccionaria», «alienada» o «traidora a su propio sexo».
La realidad, sin embargo, es mucho más simple y mucho más evidente: las mujeres no constituyen un bloque ideológico. Hay mujeres que se dedican a la vida familiar, a la investigación científica, a la enseñanza, a la vida religiosa o a la empresa.
Pretender que todas ellas están representadas por una teoría nacida en las universidades posmodernas del siglo XX es, cuando menos, una simplificación extraordinaria.
Por eso conviene recordar una verdad elemental que la historia confirma una y otra vez: la dignidad de la mujer no nace de una ideología, ni necesita portavoces políticos que hablen en su nombre. La dignidad de la mujer —como la del hombre— nace de su condición de persona creada por Dios, dotada de inteligencia, libertad y vocación propia.
Y quizá por eso mismo muchas mujeres miran hoy con creciente escepticismo a quienes proclaman hablar en su nombre desde tribunas ideológicas que ellas nunca han elegido. Porque cuando alguien afirma representar a todas las mujeres, conviene hacer una pregunta muy sencilla: ¿quién les ha dado ese mandato?


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